
Los hechos, la necesidad, el conjunto de azares y la cifra más secreta de la persona convergen en alguien con la exactitud de provocarle algo más que una anécdota para el recuerdo. Es el instante de un profundo desprendimiento: la niñez mirada desde otra ribera, concebida desde ese momento como algo en lo que ya no se está, porque la vida sacude sus costumbres de durar, para que al hombre no se le olvide su carácter de peregrino. Un niño ha dejado de ser.
Ensueño, juego, seguridad del mundo van trocándose en cierta angustia, severo trabajo y descubrimiento de la desarmonía total de la realidad.
El cielo se ha endurecido y sólo sabe llover con una tristeza contagiosa de lo más tremendo. Desde ahora todo sucede impasible, indiferente a la voluntad de quien era hasta entonces alguien con experiencia de ofrecimientos y esperanzas.
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